Va la nueva Ley de economía digital en México
A los narcos siempre les ha gustado presumir y obtener reconocimiento. Que se conozcan sus nombres, sus territorios, sus fortunas, sus excesos y, sobre todo, sus más grandes “hazañas”. Para ellos no basta ejercer el poder criminal.
Hay que mostrarlo, presumirlo y conseguir que otros hablen de él. Durante décadas, alrededor de los grandes capos del narcotráfico en México se desarrolló una enorme subcultura popular: la narcocultura. La alimentaron historias contadas de boca en boca, leyendas sobre hombres intocables y relatos en los que la violencia terminó convertida en sinónimo de poder. Después, por encargo o por iniciativa propia, llegaron los corridos y luego los narcocorridos. La televisión y el cine encontraron en sus vidas historias capaces de atraer grandes audiencias y se desarrolló toda una industria del entretenimiento anclada en relatos, reales o ficticios, sobre el mundo del narcotráfico.
El narcotraficante dejó de ser únicamente un personaje clandestino para convertirse, demasiadas veces, en una figura popular: temida, admirada, imitada y a veces hasta protegida por las propias comunidades. Hasta que llegaron las redes sociales y entonces el TikTok, Instagram, Facebook y YouTube cambiaron las reglas.
Los narcos entendieron la fuerza de los algoritmos, el poder de millones de seguidores y la capacidad de un influencer para construir reputaciones, proyectar estilos de vida y multiplicar mensajes sin intermediarios. Los narcos descubrieron el valor de un like. Y la guerra también llegó a las redes. Ya no sólo se trata de controlar territorios, carreteras, puertos, aduanas, rutas de trasiego o comunidades enteras.
En una sociedad que pasa buena parte de su vida mirando la pantalla de un teléfono, tener notoriedad y proyectar poder también cuenta. En esa nueva arena aparecen jóvenes capaces de reunir audiencias de cientos de miles —incluso millones— de seguidores mostrando automóviles de lujo, relojes, fiestas, viajes, mujeres, armas, ropa de diseñador y estilos de vida difíciles de explicar para buena parte de quienes los observan detrás de una pantalla.
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