Nuevo (des)nacionalismo

Kamala Harris, ¿vicepresidenta de México?

La debilidad política de la oposición y la incorporación de la COPARMEX y de la embajada de EEU a la Alianza Opositora han provocado un efecto preocupante en el nacionalismo mexicano. La visita de la vicepresidenta estadunidense Kamala Harris a México la semana pasada recibió una larga lista de peticiones de asunción de temas y agendas mexicanas que le habrían dado la jerarquía de vicepresidenta de México.

El problema con EE. UU. radica en que su enfoque de asuntos internacionales es una expresión de su doctrina de seguridad nacional. Hace mucho el comunismo, hasta hace poco el terrorismo y desde ahora con Biden la corrupción son los temas de interés estadunidense sobre el mundo, pero para sus intereses nacionales.

En su Estrategia Provisional de Seguridad Nacional de marzo de 2021 –que sin duda quedará como estrategia definitiva– el presidente Biden centralizó la sobrevivencia de EE. UU. en función de la vigencia del american way of life o modo de vida estadunidense. Es decir, que el eje rector de EE. UU. es el confort de su población privilegiada. De ahí que todo intervencionismo extranjero de la Casa Blanca se ha dado y se dará para beneficiar a los estadunidenses.

Por eso el principal mensaje de la vicepresidenta Harris, ya sin sus sonrisas de fotografía, fue muy claro en Honduras: a los que quieren llegar a la frontera de México-EU, “no vengan”.

Ante la inexistencia del enemigo histórico del comunismo porque ni la Rusia de Putin ni la China de Jinping representan un riesgo de seguridad como en los años de la guerra fría del poderío nuclear soviético y porque el terrorismo ha declinado su ofensiva contra Washington, ahora Biden se saca de la manga una cruzada mundial –sobre todo para América Latina– el tema de la corrupción y anuncia una estrategia imperial de lucha contra la corrupción para controlar aliados.

La visita de Harris el martes 8 de junio se centró en el tema de la migración, menos por los mexicanos que siguen cruzando y más por el espacio territorial mexicano como tierra de cruce de las caravanas de migrantes centroamericanos. Trump impuso a México como muro de contención desde el Suchiate y Biden no va a cambiar el modelo.

Sin embargo, la visita de la vicepresidenta Harris coincidió con el proceso electoral mexicano del 6 de junio y muchas voces comenzaron a pedirle a la funcionaria una intervención en asuntos mexicanos que se están litigando en los espacios institucionales de México. El modelo populista que le acreditan al presidente López Obrador no gusta a Washington, pero la Casa Blanca carece de instrumentos para obligar a Palacio Nacional a regresar al neoliberalismo salinista.

Los márgenes de maniobra de Biden son estrechos: los tribunales comerciales por reformas energética y petrolera, cierre de fronteras para disminuir cruces no legales de personas y programas de cooperación en materia de seguridad contra las organizaciones criminales de México que están asentadas de manera profunda en más de las tres mil principales ciudades de EE. UU.

Sin embargo, la COPARMEX y las organizaciones sociales que reciben fondos legales de organismos políticos estadunidenses quisieran que la vicepresidenta Harris se convierta en una especie de poder supranacional para impedir que las autoridades electas mexicanas, en función de su base legitima electoral, defina el proyecto de desarrollo mexicano. Las elecciones han servido para ir ampliando o acotando la capacidad de decisión el gobierno, por lo que las peticiones a la vicepresidenta Harris son un despropósito intervencionista.

De los temas bilaterales más sensibles sigue estando, en primer lugar, el de las relaciones bilaterales en materia de seguridad. El asunto tiene dos partes: el operativo que exige que México acepte operativos estadunidense contra cárteles en territorio mexicano que se venia dando desde la Iniciativa Mérida, pero existe otro tema más sensible: la decisión unilateral del gobierno de EE. UU. para definir una estrategia supranacional de lucha contra cárteles mexicanos por parte de policías estadunidenses dentro de México, pero sin pasar por las reglamentaciones de registro y cooperación.

A ello se agrega una diferencia de enfoques: EEU exige una lucha frontal, con fuerza pública violenta, contra los cárteles mexicanos y el gobierno de México abandono la persecución de capos y estableció la tesis de construcción de la paz mediante una cierta forma de acuerdos no formales para disminuir la respuesta violenta de criminales a la acción violenta de las autoridades. Esta diversidad de enfoques tiene las relaciones de seguridad bilaterales en zona de conflicto y constante tensión.

Lo que México ha exigido es que EE. UU. combata con eficacia y fuerza el contrabando de droga y la comercialización en las calles estadunidenses, porque a su manera la Casa Blanca parece reproducir el modelo de construcción de la paz: no provocar de manera violenta a los narcos y centrarse en atender adicciones. La persecución de nacos en EE. UU. se ajusta a los términos del respecto a los derechos de los delincuentes y a limitar el abuso de fuerza, lo que ha permitido una expansión del comercio ilegal de doga en las calles.

En términos estrictos, la visita de la vicepresidenta Harris sirvió para plantear escenarios, varios de ellos bastante limitados por razones de ejercicio de soberanía y por expresiones de corrientes nacionalistas. Pero ha quedado en claro que México debería de fortalecer su nacionalismo, evitar que la solución a las crisis dependa de la voluntad de la Casa Blanca y soslayar acuerdos bilaterales que obliguen a México a aplicar los enroques de seguridad nacional estadunidenses porque Mexico tiene sus propios intereses nacionales y también porque su seguridad nacional es distinta a la imperial de la Casa Blanca,

Kamala Harris es vicepresidenta de EE. UU. y sus intereses y no de México con sus propios intereses nacionales.

El autor es director del Centro de Estudios Económicos, Políticos y de Seguridad.

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