Buscan reconocer importancia natural, histórica y social de la Malinche
Lograda su independencia de España en 1821, no fue nada fácil para el naciente México, hacerse de un lugar en el concierto de las naciones. Para comenzar, a pesar de haberlos firmado, el gobierno español mantuvo una tenaz negativa a reconocer los Tratados de Córdoba, signados por Iturbide y el último representante peninsular, Juan O`Donojú. Además siguió manteniendo un enclave armado en el fuerte de San Juan de Ulúa y continuos amagos de reconquista pues sus baterías siempre apuntaron al puerto.
Nuestro país, desde el momento de serlo, tuvo una visión clara y perfectamente definidas de lo que debían ser sus relaciones exteriores: Lo prioritario, América Latina y, sin embargo, lo más conveniente e importante, Estados Unidos.
El vecino país del norte no ayudó a las colonias españolas en su lucha por la independencia; prestó a los insurgentes un tímido apoyo moral; se refugió tras una cómoda política de neutralidad y así esperó el resultado final del conflicto. Cuando México logra su independencia Washington es el primero en felicitarlo, mas no en reconocerlo.
Le reconoce la independencia de facto mas no de jure. Y además, socarronamente le hace saber a España no estar dispuesto “ni a invadir ni a invalidar ningún derecho de España ni a obstaculizar por medio alguno el derecho de los peninsulares para recuperar sus antiguas colonias”.
México tuvo así claro, desde un principio, que tendría qué defenderse sólo.
San Juan de Ulúa siguió, después de 1821, considerándose territorio español. Pero en 1825, el entonces comandante de la marina de Veracruz, el patriota Pedro Sáinz de Baranda atacó el fuerte con 200 marinos y 100 artilleros a bordo de una fragata y 8 corbetas con lo que impidió que la guarnición fuera reabastecida de víveres y municiones por barcos españoles. El fuerte finalmente se rindió el 23 de noviembre de ese año, acción con la que se terminó con el último reducto español en nuestro país.
Aunque siempre titubeante, el rey Fernando VII se dejó convencer por sus cortesanos y por españoles que habían residido en la Nueva España, de que los mexicanos estaban deseosos de volver al dominio español y que, mediante una acción armada, España podría recuperar su antigua colonia. Y autorizó en 1829 que el brigadier Isidro Barradas, originario de Canarias, saliera de La Habana con unos 3 mil ó 4 mil soldados rumbo a México a bordo de un buque insignia, 2 fragatas, 2 cañoneros y 15 buques de transporte, flota comandada por el almirante Ángel Laborde.
La mayoría de los efectivos eran criollos expulsados de nuestro país en 1827 y que deseaban regresar a México. La flota ancló en Cabo Rojo, cerca de Tampico, el 26 de julio de 1829 y hubo un par de escaramuzas con la tropa del general mexicano, Felipe de la Garza a cargo de la defensa de Tampico.
Barradas instruyó a Laborde a partir hacia Veracruz y así impedir que el gobierno mexicano enviara tropas que atacaran a su flota por la retaguardia. Pero aquí se dio el primer descalabro pues Laborde, en lugar de cumplir la instrucción de Barradas, enfiló hacia La Habana y dejó a la tropa expedicionaria a merced del ejército defensor.
Es entonces cuando salta a la gloria el general Antonio López de Santa Ana, en ese entonces jefe militar de la zona de Veracruz. Organizó una fuerza de mil soldados de infantería, 500 de caballería, 4 piezas de artillería y una flota de 3 bergantines, 4 goletas y 5 botes artillados que comenzaron a sitiar a las fuerzas de Barradas.
La batalla de Pueblo Viejo (hoy Villa Cuauhtemoc, Veracruz) se desarrolló los días 10 y 11 de septiembre y en ella Barradas fue finalmente derrotado y obligado a firmar la capitulación. Obtuvo la garantía de su vida y la de sus hombres. A los oficiales se les honró dejándoseles las espadas.
Según la Memoria de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Barradas solicita una entrevista con Santa Ana para buscar la manera de hacer más tenue su derrota. Pero Santa Ana le contesta que tiene “instrucciones de su gobierno de no tener ningún acercamiento si no es para capitular o para evacuar el territorio de la república.”
Un mes después de su derrota, Isidro Barradas Valdés habría cumplido 47 años. Antonio López de Santa Ana tenía en ese entonces 35. De vocación conspiratoria sirvió primero al ejército realista, combatió a los insurgentes, respaldó luego a Iturbide para más tarde alzarse contra él pero ésa (como diría la Nana Goya) ésa es otra historia.




