La escuela frente al celular
TLAXCALA, Tlax., 29 de diciembre de 2016.- Un requisito que siempre he puesto a mis alumnos en educación media y superior ha sido la entrega de trabajos escritos a mano. Lo complicado es descifrar algunas caligrafías imposibles, la ventaja es la garantía de que lo entregado fue, por lo menos, leído y escrito.
He tenido la fortuna de encontrarme con estudiantes brillantes pero, todos, con una inimaginable facilidad para apropiarse de textos ajenos, robar ideas y copiar propuestas. Tienen enfrente un horizonte lleno de conocimiento y, de paso, descubren que lo que iban a hacer ya lo hizo alguien más. Para apropiárselo, es suficiente un sencillo movimiento de dos dedos para lograr el copy, paste y print. La ocasión hace al copión.
El bendito CtrlC+CtrlV es un privilegio que no existió para los que, en épocas escolares, carecíamos motores de búsqueda y, mucho menos, para aquellos que utilizaban máquina de escribir (a lo más que llegaban era a usar dos hojas con un papel calca en medio). Como nunca antes la tecnología ha cambiado las tradiciones académicas: los apuntes ahora se toman en fotos, copiar no genera cargos de conciencia y los estudiantes son manos de tijera… y pegamento.
Aunque el plagio es un asunto antiguo, las nuevas tecnologías han hecho que sea cada vez menos necesario escribir, clarificar ideas a partir de la redacción, y esa actividad intelectual que se descarga en un texto se esfuma lentamente. Somos seres creativos y, al mismo tiempo, profundamente distraídos. El tiempo para innovar lo perdemos en graciosas simplezas. Entonces aparece Google con su sinfín de información que cualquiera se apropia sin esfuerzos. Se acabaron los pretextos para no entregar tareas, cualquiera las puede hacer, además son tan desabridas que ya no se las comen los perros.
Una vez me sucedió, por ejemplo, que un alumno me entregó una maravillosa reseña de Pedro Páramo. Una ligera sospecha me hizo googlear unas cuantas líneas de su trabajo y resultó que Carlos Fuentes pensó, escribió y publicó lo mismo en su ensayo Mugido, Muerte y Misterio: el Mito de Rulfo. Quise creer que fue una mágica coincidencia literaria hasta que descubrí que el alumno confundía al autor con el título del libro que había reseñado. De mis ojos querían brotar lágrimas, como si fueran fuentes.
Así se explica la pobreza argumentativa en un debate, en una exposición o en cualquier espacio para expresar ideas. El copy-paste transforma de a poco la manera en que se adquiere y se transmite el conocimiento. Aunque existe en prácticamente todos los contextos, en lo académico tiene la desgracia de permitir que los alumnos tomen textos ajenos, los pasen a un documento que se apropian sólo con escribir su nombre sin discriminar la basura que se pesca en ese mar de información. El sistema no cambia: profesores que piden los mismos trabajos cada curso, alumnos que dependen del CtrlC+CtrlV y los criterios de evaluación se dan por satisfechos. Es un vicio generacional, ya no provoca conflictos morales.
No obstante, esta práctica va más allá de la pura deshonestidad, habría que profundizar las razones del copy-paste: el desgano de crear, la excesiva cantidad de información imposible de procesar, desánimo por la saturación de propuestas, la inmensa concentración de ideas que hay en internet. O, tal vez, se debe a la falta de motivación que un profesor inspira en sus alumnos, quien quizá también usa el copy-paste para sus presentaciones y se sigue considerando fuente de conocimiento olvidando que hoy, lastimosamente, es un filtro entre información pertinente e irreverente a la que se puede acceder sin restricciones.
La misma tecnología ha creado sus herramientas para evitar el plagio (plataformas como Plagium, CopyTracker, Copionic, por ejemplo), las cuales, para que funcionen, se debe hacer un copy-paste del trabajo en duda y el mecanismo lo detecta en la profundidad de la web. Nadie se escapa, el copy-paste sirve para copiar y para encontrar al que copió, es una serpiente que se muerde la cola.
El otro tema es cómo se reacciona ante la prueba de un plagio. En mi experiencia docente, encontrar uno me era suficiente para reprobar. En mis épocas como estudiante en Canadá, era motivo para ser expulsado y boletinado en el sistema educativo a nivel nacional. Así como la academia tiene principios universales que se hacen obligaciones incuestionables, la postura ante el copy-paste tendrá que universalizarse pronto.
Y no se trata de satanizar el CtrlC+CtrlV, al contrario, es una bendición, dice allá arriba. Ha facilitado trámites, agilizado procesos, optimizado servicios. Sin embargo, en el entendido que la vida académica requiere una genuina honestidad con el pensamiento, su uso obstaculiza la reflexión y el análisis, es un contrasentido que lleva consigo un doble fraude: uno institucional que no se le debería aceptar ni al Presidente y, por otro lado, está el personal ante esa obligación de aprender, aprehender, entender y proponer. Quien pega lo primero que encuentra plagia dos veces.
Pedir los trabajos a manuscrita no resuelve el problema de fondo. A lo mucho, sirve para recordar que el cerebro y la mano, con la pluma o el teclado, pueden generar ideas propias, si no son necesariamente originales, sí son nuestras. Y no hay nada más gratificante que la satisfacción de plasmar y compartir esas ideas que nos brotan como de manantiales o, al menos, como de fuentes.
@wensamezcuamx




